30. Derrota
Una sombra dos tallas más grande que César —quien superaba los dos meles de estatura— hizo su aparición.
Aunque su cuerpo, formado por la unión de toscas e irregulares peñas, parecía carbonizado, al parecer la quemadura solo afectaba a la superficie, pues sus movimientos no mostraban impedimento alguno.
A pesar de no haber visto jamás a esa colosal figura, la familiar onda de energía mágica que emanaba de su interior hizo que Catalina contemplara al muñeco de piedra con la mirada totalmente perdida.
(¿Eh? Esta energía mágica es… ¿Eso significa…?)
Mientras Catalina intentaba procesar la situación con su aturdida mente, los acontecimientos se precipitaron.
El intruso, que había irrumpido con pesados retumbos, aprovechó el impulso de haber atravesado la barrera mágica para despedazar los tentáculos que sujetaban a Catalina.
Al separarse del cuerpo principal, las extremidades se disiparon en forma de niebla negra, dejando a la joven flotando en el aire.
—¡Kyaa!
Sin margen para invocar un hechizo, cerró los ojos resignada a estrellarse contra el suelo.
Sin embargo, el impacto que recibió en la espalda no fue grave.
El muñeco de peña la había puesto a salvo sobre la palma de una dura mano de piedra que no se había carbonizado, probablemente por haber permanecido cerrada.
Actualmente, al tiempo que se giraba, asestó una patada ascendente a las gruesas extremidades que mantenían atado a César.
Una vez liberado de la opresión, César dirigió una veloz mirada hacia el muñeco de piedra para cerciorarse de la seguridad de Catalina, quien había sido depositada a su lado.
Al recibir un leve asentimiento por parte de ella, el hombre recogió su lanza corta con presteza y arremetió contra la masa oscura, que aún no terminaba de reaccionar ante la repentina aparición.
—¡¡¡Haaaa!!!
Con un rugido que desgarró el aire, los prominentes músculos de César, recubiertos de escamas, se tensaron al máximo.
La lanza corta, empuñada con todas sus fuerzas, se clavó con firmeza justo en el blanco que refulgía con un destello verdoso en la masa oscura.
¡¡¡Kyu-ru-ru-ru-ru-ru-ru-ru-uuuuuuuuuu!!!
Un agudo chillido, casi insoportable para los oídos, brotó de la masa negra.
Catalina se cubrió las orejas con las manos mientras fijaba una mirada severa en las alteraciones del círculo mágico.
La forma de anémona marina que poseía el ente oscuro comenzó a colapsar, deformándose de manera viscosa.
Una sección del círculo encargado de almacenar la magia se había fracturado, provocando que la energía mágica liberada de su dominio se descompusiera en mana y se dispersara en el ambiente.
(Sin embargo, el circuito de reparación aún sigue operativo. No se detendrá a menos que lo destruyamos).
Siguiendo la dirección de la mirada de Catalina, en el interior de aquel torso deforme refulgía un siniestro punto de luz roja.
—¡Mi señor! Parece que el núcleo ha sufrido daños, pero aún no ha sido destruido por completo. Esa luz roja… Gof.
Debido a los constantes gemidos que se vio obligada a emitir moments antes, la voz de Catalina brotó ligeramente ronca.
Aunque un golpe de tos le impidió terminar la frase con claridad, las aguzadas orejas del hispano-escamado captaron sus palabras al vuelo.
—¡Basta con apuntar a la luz roja, entonces!
Blandiendo su gruesa cola, César acortó la distancia en línea recta para cerrar el paso.
¡¡¡Kyu-ra-ra-ra-ra-ra-ra-ra-ra-aaaaaaa!!!
En lo que parecía un último y desesperado manotazo de ahogado, la entidad hizo brotar de su cuerpo múltiples tentáculos afilados como lanzas.
Afilados y veloces, se abalanzaron directamente contra César.
—¡Ha!
Haciendo gala de una agilidad impropia de su imponente contextura, César esquivó los ataques uno tras otro.
Detrás de él, los impactos retumbaban violentamente contra el suelo, dejando cráteres del tamaño de un puño.
De haber sido alcanzado por una de esas lanzas, ni siquiera la prodigiosa resistencia de un escamado como él lo habría contado.
—¡Hmph!
Librándose de la ofensiva, el guerrero volvió a acortar distancias con la masa oscura.
No obstante, pasó por alto la presencia de un tentáculo excesivamente delgado que se arrastraba por el suelo cual sombra.
Aquel fino hilo se deslizó a sus espaldas y erigió su extremo como una cobra a punto de atacar.
Al percatarse, Catalina dejó escapar un grito desesperado:
—¡Mi señor! ¡A sus espaldas!
Sin embargo, el movimiento realizado para esquivar la embestida frontal dejó a César expuesto durante una fracción de segundo.
Catalina intentó erigir un muro de tierra para protegerlo, pero su reserva mágica era insuficiente.
La afilada lanza de tentáculo se abalanzó implacable hacia su objetivo.
¡¡BANG!!
Justo cuando todo parecía perdido, una mole colosal se interpuso entre la estocada y la espalda de César.
—Tú…
Los ojos de Catalina se abrieron de par en par.
El muñeco de peña, que hasta hacía un instante permanecía firme a su lado como un abnegado caballero, se había convertido en el escudo de César, siendo atravesado de parte a parte por la lanza de tentáculo.
Al ser despojado de su energía mágica a través de la herida, el autómata comenzó a desmoronarse en pedazos.
Sin embargo, su sacrificio no fue en vano.
—¡¡¡Haaaa!!!
Tras reestructurar su postura, la lanza de César atravesó sin piedad la luz roja de la entidad.
Sin emitir siquiera un lamento final, la masa negra se disipó convertida en una densa niebla mágica.
Al constatar la destrucción total del circuito mágico, Catalina dejó escapar un hondo suspiro de alivio.
Ahora que el núcleo había sido destruido, tanto la niebla como la barrera de energía terminarían por reintegrarse de forma natural a la corriente de mana.
De hecho, la densidad del muro mágico comenzaba a perder solidez paulatinamente.
En poco tiempo, podrían abandonar el lugar.
Mientras absorbía mana de manera consciente para reponer la energía que le había sido arrebata, Catalina se aproximó al cúmulo de tierra donde yacía colapsado el autómata.
—Ah. Así que, después de todo, eras tú…
Catalina se colocó de cuclillas y extrajo un pequeño guijarro de entre los terrones.
Al ponerse de pie, experimentó un ligero mareo, pero fue sostenida oportunamente por César, quien la tomó en brazos con suma ligereza.
—Esto… ¿te encuentras bien?

César la contempló con evidente preocupación en sus pupilas de obsidiana.
Aquella pregunta aludía, sin duda, tanto a su estado físico como a su temple emocional.
Haciendo un esfuerzo por mantener la compostura, Catalina respondió con serenidad:
—Estoy bien, mi señor.
Pese al cansancio y la pesadez que experimentaba, no sentía dolor en ninguna parte del cuerpo.
(Haber sido manoseada por esos tentáculos frente a mi señor fue, sin duda, una humillación; sin embargo, no me ha dejado una secuela tan profunda como imaginaba. …¿Se deberá a que el objetivo de esa entidad era puramente la extracción de magia y no ocultaba deseos perversos? Si me hubiera visto ultrajada por un sujeto vil de esa naturaleza, yo…)
Un escalofrío helado le erizó la piel. Desechando de inmediato esa espantosa imagen mental, se dirigió a César:
—¿Y usted, mi señor? ¿No ha sufrido ninguna herida?
—No, me encuentro ileso. Ese muñeco de piedra me sirvió de escudo. Por cierto, eso no era un monstruo, ¿verdad?
—Así es. No lo era.
Catalina posó la piedra que acababa de recoger sobre su palma y se la mostró a César.
—Este es el núcleo del autómata de piedra. Aún conserva vestigios de mi propia energía mágica. …¿Recuerda al muñeco de barro que ayudaba a Rita en la residencia?
Al escuchar sus palabras, los ojos de César se desorbitaron.
—¿Aquel? Pero… si tenía la estatura de un niño sin escamas de tres o cuatro años. Tampoco estaba hecho de peñas.
César ladeó la cabeza, tratando de conciliar la imagen de aquel muñeco redondeado con la mole de recién.
Catalina asintió, comprendiendo perfectamente su perplejidad.
—Yo tampoco lo habría creído de no haber coincidido la longitud de onda de su magia. A pesar de que al muñeco original solo le impregné la energía suficiente para cumplir una tarea antes de desmoronarse, por alguna razón continuó moviéndose tras ello, ejecutando acciones autónomas que yo jamás le programé. Si posee autonomía, en teoría le es posible revestirse con la tierra y las rocas del entorno.
Aunque resultaba difícil de concebir, parecía ser una particularidad propia de esta región.
El contacto directo con tierra impregnada de una alta concentración de mana alteraba e interfería con la estructura de la magia.
Dado que la naturaleza del mana no variaba, debía tratarse de un fenómeno vinculado a su densidad.
—Aquel muñeco fue una creación mía, por lo que aún existía un tenue lazo entre los dos. Supongo que acudió presuroso al percibir el peligro de su creadora.
Catalina entrecerró los ojos mientras acariciaba la piedra.
Había decidido dejar marchar a aquel muñeco de barro al ver que resultaba útil y no causaba estragos, pero jamás imaginó que albergara una lealtad tan profunda.
Y la obligación de un amo es corresponder a la lealtad con benevolencia.
—Dado que ahora carezco de la energía necesaria, tendrá que ser más adelante; pero pienso otorgarle un nuevo cuerpo.
—¿Podrás traerlo de vuelta?
César parpadeó sorprendido.
Catalina le dedicó una suave sonrisa.
—Así es. Como el núcleo permanece intacto, es perfectamente posible.
—Y esto… ¿ya no hay peligro de que vuelva a alzarse?
Con expresión severa, César le extendió varios fragmentos de una piedra de un rojo apagado.
Catalina tomó uno de los pedazos que se habían hecho trizas de forma impecable.
—Es el núcleo de la entidad oscura, ¿cierto?
Examinó el fragmento minuciosamente.
La base de la piedra roja era una gema mágica, sobre cuya superficie se había grabado un círculo mágico con hilos de oro.
Pudo percibir cómo varias líneas negras se entrelazaban con los trazos dorados en diversos puntos.
No emanaba energía alguna.
Era un artefacto mágico completamente «muerto».
—El círculo ha sido destruido en su totalidad. No volverá a alzarse.
Ante la tajante afirmación de Catalina, el ceño tenso de César finalmente se relajó.
—Entiendo. Qué alivio.
—Sí. El problema que persiste es determinar la razón por la que un objeto de esta naturaleza se encontraba en el terreno baldío del sur. A simple vista, el estilo del círculo mágico corresponde a nuestro reino, pero la piedra base parece ser de otra procedencia. Sin un análisis detallado de sus componentes no puedo asegurarlo, pero…
—¿Existe la posibilidad de que el objetivo fuera la destrucción de la aldea?
César volvió a formular la pregunta con el rostro ensombrecido.
Catalina comprendía perfectamente sus inquietudes.
Al tratarse de sus dominios, si esto resultaba ser un acto de sabotaje perpetrado por una nación extranjera, un solo paso en falso podría desencadenar un conflicto bélico.
Aunque el mundo avanzaba hacia la diplomacia y la armonía, la balanza podía inclinarse fácilmente por el factor menos pensado.
Tras cavilar unos instantes, Catalina expuso sus deducciones con absoluta cautela:
—No es una posibilidad que pueda descartarse por completo… sin embargo, ¿podría observar estas trazas negras?
—¿Mmm? Es verdad, hay secciones doradas y otras negras.
—Las partes negras no corresponden a un círculo trazado por mano humana. Es una sección que sufrió una mutación y terminó reescribiéndose. La impresión que me transmite esta zona es idéntica a la del muñeco de barro; estimo que se debe a la influencia de esta tierra. El círculo dorado original es una fórmula ampliamente conocida, concebida para reanimar mana y almacenar energía mágica. La capacidad de almacenamiento de la piedra en sí no era nada del otro mundo.
—¿Eso qué quiere decir?
Catalina alzó dos dedos.
—Se me ocurren dos posibilidades: La primera es que alguien, conocedor de las peculiaridades de esta aldea, colocó el artefacto previendo que mutaría en una entidad como esa. La segunda es que intentaron realizar un pequeño experimento o provocar un alboroto menor, pero desencadenaron una situación que escapó por completo a su control.
—En cualquiera de los dos casos, fue premeditado.
César dejó escapar un hondo suspiro.
Catalina se limitó a encogerse de hombros.
—Nadie vendría hasta este terreno baldío del sur cargando semejante piedra para terminar perdiéndola «por accidente». Considero que identificar a los visitantes que estuvieron aquí no será difícil, dado que el margen de tiempo se limita a la tarde de hoy.
—Bastará con investigar a quienes se hayan separado del grupo principal, ¿correcto?
—Así es. No obstante, sugiero consultar detenidamente con el vizconde Guillermain antes de iniciar cualquier interrogatorio, dado que involucra asuntos internacionales.
—Entendido. De acuerdo.
César asentó con extrema gravedad.
Para cuando el sol comenzó a ocultarse tras el perfil de las montañas, la muralla de energía mágica se había debilitado hasta disiparse por completo.
La primera en descender fue Olga, seguida a paso presuroso por los miembros del cuerpo de vigilancia y el alcalde.
Al enterarse de que no había más víctimas que los integrantes de la comitiva de Roccia —afectados únicamente por la intoxicación de mana—, tanto Catalina como César respiraron aliviados.
Fue un verdadero alivio que aquellos tentáculos no hubieran arremetido indiscriminadamente contra los aldeanos.
Además, parecía que la densidad de la barrera impidió que los guardias presenciaran lo que sucedía en el interior; al parecer, ni siquiera los sonidos traspasaron el muro.
El honor de Catalina permanecía a salvo.
(Qué gran alivio…)
Sintió cómo la tensión acumulada abandonaba su cuerpo.
Con las fuerzas totalmente agotadas tras la prolongada exigencia, Catalina reclinó su cabeza sobre el pecho de César.
Aunque la comitiva de Roccia tenía previsto partir de la aldea esa misma tarde, debido a su estado de salud se decidió que pernoctaran una noche más.
Resultaba una coincidencia conveniente para esclarecer los hechos.
En ese punto, exhausta hasta el límite de sus fuerzas, Catalina se quedó dormida, perdiendo todo recuerdo de lo acontecido a continuación.
Al despertar, se encontró descansando en su propia habitación dentro de la residencia.
Al abrir las contraventanas, descubrió que el sol ya se hallaba en lo alto del cielo.
Había dormido más de la cuenta, sin lugar a dudas.
Sin embargo, gracias al descanso prolongado hasta casi el mediodía —o quizás a la elevada concentración de mana en la aldea—, su energía mágica se había recuperado casi en su totalidad.
Su estado físico tampoco era malo.
En ese instante, Catalina se sentía ligeramente animada.
Intuía que todo ese engorroso asunto estaba a punto de resolverse.
Contaban con las pruebas del incidente y no debía resultar difícil identificar al responsable.
Aunque existía una alta probabilidad de llegar a un acuerdo diplomático neutral para evitar fricciones, el conflicto estaba por llegar a su fin.
El duque de Abascal regresaría pronto a su país sin haber llegado a entrar en contacto con ella.
(Una vez resuelto esto… le pediré a mi señor que me conceda un poco de su tiempo…)
Sin embargo, sumida en su entusiasmo, la Catalina de aquel momento ignoraba que un grave problema había surgido, impidiendo un desenlace perfecto.
Un acontecimiento capaz de desencadenar un conflicto diplomático de alto riesgo estaba en marcha:
El duque de Abascal, quien se había desmayado por la intoxicación de mana y recibido el neutralizador, aún no había recobrado la consciencia pasadas las doce del mediodía del día siguiente.




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